La importancia de la psicología para la motivación profesional

La presencia de un psicólogo en el organigrama de la empresa es un hecho cada vez más frecuente y aceptado en el universo de los negocios. El trabajo de psicólogos y psiquiatras experimentados como el doctor José A. Hernández Hernández ofrece un apoyo de garantías para la estabilidad emocional de los empleados y un soporte esencial para desarrollar técnicas de motivación de índole psicológica que contribuyan a incrementar el rendimiento diario de la plantilla. Es decir, que el psicólogo es al mismo tiempo una inversión y un recurso que ofrece resultados palpables en un plazo determinado.

La motivación significa por tanto uno de los factores esenciales que rigen la actividad económica de toda empresa. De una correcta motivación se obtiene un correcto empleo de las horas de trabajo, eficaz y provechoso. La constitución de una serie de metas y objetivos determinados a cumplir es una de las técnicas esenciales para la motivación de los empleados, puesto que contribuyen a potenciar el comportamiento del trabajador, a canalizarlo y a regularlo de acuerdo con los intereses de la empresa –y siempre respetando los suyos propios, faltaría más-. No obstante, fijar como meta a conseguir a un tipo de a pie que recorra los cien metros lisos en ocho segundos es, en primer lugar, una quimera irrealizable y, en segundo, una manera contraproducente de aplicar este concepto de motivación. Los objetivos destinados a orientar la actividad de los trabajadores deben ajustarse, invariablemente, a sus capacidades. Es bueno exigir un poco más de lo que uno cree que ofrece, pero tensar en exceso una cuerda solo lleva a su fractura. No alcanzar la satisfacción de unas expectativas generadas puede socavar de manera irrevocable la moral de los trabajadores, puesto que verán que sus esfuerzos carecen de valor. Y por otro lado, si el líder que debe guiar los pasos de los trabajadores no goza ante ellos de la suficiente credibilidad –es decir, sus mandatos son desproporcionados e incoherentes-, su autoridad quedará automáticamente anulada y, en consecuencia, su papel como motivador desactivado.

No hay mejor ejemplo de estas técnicas de motivación que el fútbol. La motivación para Gaizka Toquero no puede ser alcanzar los veinte goles por temporada, porque es incapaz de hacerlo al menos en Primera división. Su motivación ha de pasar por tanto por que haga gala de su derroche físico, de su generosidad sin fisuras y de su aporte estajanovista que, de vez en cuando, pueda traducirse en tantos bien de sus compañeros, bien suyos propios. Y de ahí se colige una cuestión más: no se pueden aplicar de la misma forma a todo el mundo, sin distinción estas técnicas motivadoras. Mientras que a un tipo de sangre caliente como Zlatan Ibrahimovic se le ha de apelar a la épica, a la agresividad y al orgullo, a un futbolista cerebral como Xavi Hernández ha de persuadírsele por medio de argumentos racionales, imponerse mediante la convicción de que se detenta el conocimiento adecuado. A la vista está que José Mourinho y Pep Guardiola suelen triunfar con su gestión de egos solo para un determinado tipo de jugadores, mientras que la especie contraria acostumbra a poner en tela de juicio sus aptitudes. En realidad, toda esta galería de ejemplos se reduce a un concepto, el de microgestión, que se refiere a la necesidad de tratar a cada persona de acuerdo con su motivación particular. El éxito y el reconocimiento individual, el esfuerzo colectivo en aras de un objetivo común, el gusto por la autonomía, la necesidad de que haya un supervisor sobre el trabajo, la demanda o el rechazo de una orientación más o menos dura o más o menos laxa,… Cada empleado es un mundo.

Sin embargo, hay una situación en concreto que, por lo general, implica la animadversión de los trabajadores -y de las personas-. Se trata del miedo o la resistencia al cambio. La actividad psicológica y la aplicación de herramientas de motivación es fundamental para vencer este reto imprescindible de cara a cualquier tipo de evolución. Es aquí donde se demuestra la verdadera catadura del líder, quien ha de predicar con el ejemplo, enfrentarse al cambio desde la primera línea de fuego. Sus ideas, sus razonamientos y su experiencia son las que han de seducir al resto de trabajadores para que tomen en cuenta su actitud y se decidan a seguir su camino. Sin miedo, sin resistencia irracional. Invertir tiempo y dinero en desarrollar las competencias y la formación de la plantilla también permite, en cualquier caso, que los trabajadores se sientan más seguros de sus capacidades y que, por tanto, aumente la ambición y sus metas y objetivos sean más elevados. De este modo, la consecución progresiva de estas metas conduce a su vez a metas más dificultosas, de igual manera que, una vez cubiertas las motivaciones más esenciales del hombre, éste encuentra nuevas motivaciones más dificultosas en las que emplear su esfuerzo y su talento.

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